Remesas siguen en récord y sostienen el consumo en Centroamérica, pero nuevas cargas y señales de enfriamiento en Nicaragua encienden alertas sobre el clima económico regional.

El flujo de remesas hacia Centroamérica cerró 2025 en niveles históricos y se consolidó como uno de los principales motores de consumo y estabilidad financiera en la región. Sin embargo, nuevas cargas desde Estados Unidos y las primeras señales de enfriamiento en Nicaragua anticipan un 2026 más desafiante para hogares, bancos y comercios que dependen de ese dinero.

Mapa de América Central mostrando el flujo de remesas entre Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, junto con gráficos de crecimiento y representaciones de servicios financieros.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), las remesas enviadas a Centroamérica sumaron 31,337.4 millones de dólares en los primeros ocho meses de 2025, un aumento de 20.56% interanual. Guatemala concentró 16,861.6 millones (53.8% del total regional), Honduras 7,940.6 millones (25.3%) y El Salvador 6,535.2 millones (20.9%), lo que refleja una creciente dependencia de estos flujos para financiar consumo, educación, salud y vivienda.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que las remesas a América Latina y el Caribe alcanzaron alrededor de 174,400 millones de dólares en 2025, con Centroamérica como la subregión de mayor dinamismo: los envíos hacia estos países crecieron 20.4% y rondaron los 55,395 millones de dólares, equivalentes a cerca del 13.3% del PIB regional. En casos como El Salvador, Honduras y Nicaragua, los envíos bordean o superan el 30% del producto interno bruto.

En Nicaragua, este boom entra en una fase de cambio. Análisis citados por medios locales proyectan que el crecimiento de las remesas nicaragüenses se moderará desde un ritmo estimado de 17.6% en 2025 a apenas 2.7% en 2026, en un contexto de endurecimiento de la política migratoria de Estados Unidos y mayor número de deportaciones. El Fondo Monetario Internacional ya había advertido que el impulso extraordinario observado en 2024–2025 tendería a revertirse a partir de 2026, conforme se agoten los ahorros de los migrantes y se consoliden las nuevas restricciones.

La relevancia de este freno es mayor si se considera el peso de las remesas en la economía nicaragüense: en 2024 representaron entre 26.6% y 29.4% del PIB, tras alcanzar un récord de 5,243.1 millones de dólares. El Banco Central de Nicaragua reporta que solo en el primer trimestre de 2025 los envíos sumaron 1,441.3 millones de dólares, con un salto de 26.3% interanual.

En El Salvador, un estudio del Banco Central de Reserva (BCR) revela que para 27.3% de los remitentes, el dinero enviado es la única fuente de ingresos de la familia, con un promedio mensual de 460.5 dólares; más del 90% de los envíos proviene de Estados Unidos. El mismo informe recuerda que el Congreso estadounidense aprobó un gravamen de 1% a las remesas que salen de ese país, medida que ya está en vigor desde enero de 2026 y que encarece el costo de enviar dinero.

Organismos como la OIM y el BID insisten en que este flujo ha sido clave para amortiguar la pobreza, pero también subrayan la vulnerabilidad estructural que implica basar el crecimiento en ingresos externos sujetos a decisiones políticas y fiscales de terceros países. Un menor dinamismo de remesas o un aumento permanente de sus costos se traduciría en menor consumo en el comercio minorista, retrasos en el pago de créditos, mayor presión sobre microfinancieras y un entorno más incierto para la inversión en sectores orientados al mercado interno.

Para las empresas que operan en Centroamérica —desde la banca de consumo hasta supermercados, telecomunicaciones y vivienda— el comportamiento de las remesas en 2026 será un indicador crítico del verdadero pulso de la demanda y del riesgo de morosidad en un contexto global más volátil.

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