Hay cifras que, cuando las pronuncia el Fondo Monetario Internacional, exigen atención. Una de ellas llegó en abril de 2026, en el marco de las Reuniones de Primavera celebradas en Washington: la deuda pública bruta a escala mundial alcanzó casi el 94% del PIB global en 2025, y si los gobiernos no corrigen sus trayectorias fiscales, ese porcentaje superará el 100% antes de 2030.
No se trata de una proyección abstracta. Se trata de la descripción de un sistema fiscal global que consume recursos del futuro para financiar el presente, en un momento en que los márgenes para maniobrar son más estrechos que en cualquier punto de las últimas décadas.
Los números que definen la alerta
El Monitor Fiscal del FMI de abril de 2026 documenta con precisión el deterioro. La deuda pública bruta global pasó del entorno del 80% del PIB antes de la pandemia a casi el 94% en 2025. En paralelo, los pagos de intereses aumentaron acusadamente: pasaron de representar el 2% del PIB mundial a casi el 3% en apenas cuatro años.
Que los pagos de intereses hayan subido del 2% al 3% del PIB global en cuatro años equivale a decir que los gobiernos del mundo destinan hoy un billón de dólares adicional cada año únicamente a pagar intereses sobre sus deudas. Ese dinero no se invierte en infraestructura, salud ni educación.
El FMI también proyecta que el crecimiento económico global se desacelerará hasta el 3.1% en 2026 —por debajo del promedio histórico— y que esta desaceleración será especialmente pronunciada en las economías emergentes y en desarrollo. Para América Latina, la región proyecta un crecimiento promedio de apenas el 2.1% en 2026, inferior al 2.4% de 2025.
¿Por qué creció tanto la deuda?
Los efectos acumulados de la pandemia
El punto de inflexión fue 2020. Los gobiernos del mundo respondieron a la crisis sanitaria con transferencias masivas, subsidios, estímulos fiscales y garantías de crédito. La deuda se disparó de forma simultánea en casi todos los países, y la inflación posterior complicó la recuperación al obligar a los bancos centrales a subir las tasas de interés, encareciendo el servicio de la deuda existente.
El peso de las tensiones geopolíticas
El conflicto en Medio Oriente —identificado por el FMI como el principal riesgo geopolítico para la economía global en 2026— ha añadido presión adicional. La interrupción del suministro energético eleva los costos, endurece las condiciones financieras y obliga a los gobiernos a elegir entre proteger a sus ciudadanos del alza de precios o preservar el espacio fiscal. En muchos casos, eligieron lo primero y sacrificaron lo segundo.
La fragmentación comercial
Las nuevas tensiones comerciales y la fragmentación geopolítica han elevado los costos de producción y logística a escala global. Esto reduce el crecimiento potencial precisamente cuando los gobiernos más lo necesitan para generar los ingresos que permitan reducir la deuda.
El escenario sombrío que el FMI quiere evitar
El organismo no se limita a describir el problema: también proyecta las consecuencias de no actuar. En un escenario adverso —mayor conflicto en Oriente Medio, agravamiento de la fragmentación geopolítica, frustración de las expectativas sobre la productividad de la inteligencia artificial—, el crecimiento global podría caer al 2% en 2026, y la inflación podría superar el 6% en 2027.
Un crecimiento global del 2% con inflación superior al 6% es, en la práctica, una recesión para amplios sectores de la población mundial, especialmente en economías emergentes donde los márgenes de protección social son más estrechos.
Este escenario no es el central del FMI, pero su inclusión en el informe oficial es en sí misma una señal: el organismo considera que los riesgos son lo suficientemente reales como para advertir formalmente sobre ellos.
Qué significa esto para América Latina y El Salvador
Condiciones de financiamiento más estrechas
Cuando la deuda global crece y los mercados perciben mayor riesgo soberano, el costo de financiamiento para los países emergentes sube. Esto significa que gobiernos como los de América Central —que dependen del mercado de capitales para financiar sus déficits— podrían enfrentar mayores tasas de interés en sus emisiones de deuda o condiciones más restrictivas para acceder a préstamos multilaterales.
Menor espacio para la política fiscal
La recomendación del FMI a los gobiernos es clara: es necesario un ajuste fiscal creíble y sostenido. Pero eso implica reducir el gasto, aumentar los ingresos o ambas cosas a la vez, en un momento de desaceleración económica. Para países con alta dependencia de las remesas —como El Salvador, donde estos envíos representan el 24% del PIB—, cualquier deterioro del entorno global tiene efectos directos en el ingreso de los hogares.
El riesgo de contagio financiero
Si alguna economía de peso enfrenta dificultades para refinanciar su deuda, el contagio puede propagarse rápidamente hacia los mercados emergentes. América Latina vivió este fenómeno durante la crisis de la deuda de los años ochenta y durante los episodios de volatilidad de 2018 y 2022. El entorno actual presenta condiciones que elevan ese riesgo.
La inteligencia artificial: ¿la salida?
El FMI señala un factor que podría cambiar el escenario: la adopción acelerada de la inteligencia artificial. Si la IA efectivamente eleva la productividad global a un ritmo significativo, podría generar el crecimiento adicional necesario para que las economías mejoren sus ratios de deuda sobre PIB sin necesidad de ajustes fiscales tan drásticos.
Sin embargo, el organismo advierte que esta es una apuesta, no una certeza. Una frustración de las expectativas sobre la productividad impulsada por la IA está explícitamente listada como uno de los riesgos a la baja en sus proyecciones.
Qué deben hacer los gobiernos, según el FMI
La recomendación del FMI tiene tres ejes:
• Ajuste fiscal creíble: establecer marcos fiscales de mediano plazo que demuestren que la trayectoria de la deuda es sostenible. No basta con anunciarlo: los mercados exigen pruebas concretas.
• Proteger la inversión productiva: el ajuste fiscal no puede hacerse a costa de la inversión en infraestructura, educación y salud, que son los motores del crecimiento de largo plazo.
• Reformas estructurales: mejorar la eficiencia del gasto público, ampliar la base tributaria y reducir la evasión fiscal son medidas que, aunque políticamente complejas, resultan indispensables para recuperar el espacio fiscal sin sacrificar el bienestar.
Conclusión: la deuda global es un problema de todos
La alerta del FMI no es solo una noticia para los ministros de Hacienda del G20. Es una advertencia para cualquier economía que opera dentro del sistema financiero global, incluidas las de América Central. Cuando el costo del dinero sube, cuando los mercados se tensionan y cuando el crecimiento global se frena, las economías pequeñas y abiertas son las primeras en sentirlo.
El Salvador llega a este contexto con indicadores macroeconómicos relativamente sólidos para 2026, pero su dependencia de las remesas, su acceso al financiamiento externo y su nivel de deuda pública lo hacen sensible a los movimientos del entorno global. Entender la alerta del FMI no es alarmismo: es inteligencia estratégica para la toma de decisiones.
Consulte el Monitor Fiscal y las Perspectivas de la Economía Mundial del FMI en imf.org para acceder a los informes completos en español.






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