El endeudamiento promedio de América Latina alcanzó el 74.2% del PIB en 2026. No es una proyección alarmista ni una cifra de un think tank ideológicamente sesgado: proviene de estimaciones del Fondo Monetario Internacional y del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), dos instituciones que miden la deuda con metodologías conservadoras.
Para ponerlo en perspectiva: en 2019, antes de la pandemia, ese promedio regional era considerablemente más bajo. Los años de gasto extraordinario para enfrentar el COVID-19, sumados a la inflación, el alza de tasas globales y la debilidad del crecimiento, llevaron a la deuda a los niveles actuales.
Cómo llegó la región a este nivel de endeudamiento
La secuencia es conocida pero vale repasar: pandemia en 2020 generó gasto extraordinario, aumentó la deuda y forzó a varios países a emitir bonos en condiciones desfavorables. El ciclo de tasas altas iniciado por la Reserva Federal de EE. UU. desde 2022 encareció el servicio de esa deuda. Y la recuperación económica posterior no fue suficientemente robusta para reducir los ratios de deuda sobre PIB.
En varios países, la situación se agravó por déficits fiscales persistentes, debilidad institucional y ciclos electorales que priorizaron gasto corriente sobre ajuste estructural.
El dato que pocos leen: refinanciamiento récord de más de US$9 billones
Las necesidades de refinanciamiento en mercados emergentes superan los US$9 billones en 2026, según el IIF. Es una cifra récord que incluye deuda que vence y debe renovarse, más los déficits nuevos que deben financiarse.
El problema no es solo la cantidad sino las condiciones: refinanciar en 2026 es estructuralmente más caro que en 2020 o 2021, cuando las tasas globales estaban cerca de cero. Hoy, incluso con cierta normalización monetaria en algunas economías, las tasas reales siguen siendo positivas y significativas.

Por qué 2026 es un año especialmente crítico

Cada año de deuda alta es un año de riesgo. Pero 2026 combina tres factores que lo hacen más delicado que los anteriores: las tasas globales siguen elevadas en términos reales, las necesidades de refinanciamiento son récord y la paciencia de los mercados con la tolerancia al riesgo fiscal se está reduciendo.
Tasas de interés reales altas: refinanciar cuesta más que antes
Cuando las tasas son altas, emitir deuda nueva es más caro. Y cuando esa deuda es en moneda extranjera, como ocurre con gran parte de la deuda soberana latinoamericana, la presión se amplifica ante cualquier depreciación cambiaria.
J.P. Morgan Private Bank señaló en su análisis de inicio de año que los mercados financieros globales entraron a 2026 con baja volatilidad y condiciones favorables, pero que el estallido de tensiones en Oriente Medio puso a prueba ese entorno, elevando primas de riesgo en activos emergentes.
En varios países, el pago de intereses supera la inversión pública
Este es quizás el indicador más revelador del peso de la deuda: en varios países de la región, lo que se paga anualmente en intereses de deuda supera lo que se invierte en infraestructura, educación o salud. Eso significa que la deuda de hoy financia el pasado, no el futuro.
Cuando el servicio de deuda desplaza la inversión pública, el crecimiento potencial de largo plazo se deteriora, lo que a su vez dificulta la reducción futura del ratio deuda/PIB. Es un círculo difícil de romper sin ajuste fiscal o crecimiento acelerado.

Las economías más vulnerables de la región

No todas las economías latinoamericanas están en la misma posición. Las más vulnerables son aquellas que combinan tres factores: alta deuda externa, necesidades importantes de refinanciamiento y escasa flexibilidad para absorber shocks.
Argentina y Ecuador: los casos más observados
Argentina es el caso más estudiado por su historial de reestructuraciones. En 2026, el país sigue negociando con el FMI y busca recuperar acceso a los mercados internacionales de capitales. Ecuador, aunque dolarizado como El Salvador, enfrenta presiones fiscales significativas con un nivel de reservas más ajustado.
Ambos países concentran la atención de analistas y fondos de inversión especializados en deuda emergente de alto rendimiento.
Qué pasa con las economías dolarizadas
El Salvador, Ecuador y Panamá son economías dolarizadas de la región. Para ellas, el riesgo de deuda tiene una dimensión adicional: sin moneda propia, no pueden depreciar para aliviar la presión externa ni emitir dinero para financiar déficits. Dependen de las reservas y del acceso a mercados o financiamiento multilateral.
Por eso el análisis de sostenibilidad de deuda en estas economías se hace con parámetros más estrictos que en países con moneda propia.

Lo que el FMI y J.P. Morgan dicen sobre el panorama regional

nivel de necesidades de refinanciamiento en mercados emergentes y la menor tolerancia al riesgo fiscal por parte de los inversionistas. Cualquier señal de deterioro en las cuentas públicas puede traducirse rápidamente en aumento de primas de riesgo y costos de financiamiento.
J.P. Morgan, desde una perspectiva de mercado, señala que América Latina puede experimentar condiciones más favorables para el crecimiento en 2026, pero que la débil demanda externa y los precios moderados de materias primas limitan el aporte del comercio exterior al crecimiento. El escenario base es de ‘opcionalidad’: la región puede mejorar, pero depende de factores que no controla del todo.

Centroamérica: crece más pero también enfrenta presiones

El subgrupo centroamericano presenta una dinámica diferente al promedio regional. Según el FMI, Centroamérica proyecta un crecimiento del 3.7% para 2026, por encima del 2.3% proyectado para Sudamérica. Sin embargo, eso no significa inmunidad ante las presiones externas.
Las economías del istmo son altamente dependientes de las remesas desde EE. UU. y de la inversión extranjera directa. Cambios en la política migratoria o comercial estadounidense tienen efectos directos y rápidos sobre sus economías.

Perspectivas y preguntas clave para el segundo semestre de 2026

El mapa de riesgos para el segundo semestre del año incluye al menos tres variables a monitorear: la evolución de las tasas de interés en EE. UU. y su impacto en el costo de deuda emergente, las elecciones en países clave de la región que podrían generar incertidumbre fiscal, y la evolución del conflicto en Oriente Medio y su impacto en commodities y apetito por riesgo global.
Para empresas con operaciones en la región, el segundo semestre de 2026 requerirá mayor atención a la gestión de riesgo cambiario, financiero y de contraparte. El escenario base no es de crisis, pero el margen de error es más estrecho que hace dos o tres años.

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